El presidente Donald Trump ha irrumpido de nuevo en la escena internacional con un plan de veinte puntos que pretende detener la guerra en Gaza y sentar las bases para una paz duradera entre israelíes y palestinos.
Sobre el papel, la propuesta es audaz: liberación inmediata de rehenes, reconstrucción masiva, desmilitarización de la Franja, despliegue de una fuerza internacional y un horizonte político hacia la autodeterminación palestina.
Sin embargo, la pregunta que resuena en las cancillerías y servicios de inteligencia es otra: ¿cómo puede tener validez un acuerdo de esta magnitud cuando la cúpula de Hamás —con sus líderes refugiados en Doha, Estambul y Teherán— conserva fortunas intactas, redes de financiación globales y un compromiso ideológico declarado de destruir a Israel?
Un plan con promesas y riesgos
El texto ofrece a Israel la posibilidad de recuperar a sus rehenes en cuestión de horas, aliviar la presión internacional y presentarse como actor dispuesto a la paz. A Gaza le promete ayuda humanitaria inmediata, inversión económica y una administración transitoria supervisada por una “Junta de la Paz” internacional.
Pero los riesgos son considerables: liberar a miles de prisioneros palestinos sin garantías sólidas, confiar en que Hamás cumplirá un desarme voluntario, y aceptar que países como Qatar o Turquía, que han dado refugio a dirigentes del movimiento, cooperarán de buena fe en un esquema de desradicalización.
El poder intacto de la cúpula en el exilio
Las fortunas acumuladas por altos mandos de Hamás —alimentadas por donaciones estatales, redes ilícitas y canales financieros opacos— no se ven afectadas por la destrucción en Gaza. Desde el confort de hoteles en Doha o residencias en Estambul, la dirigencia mantiene intacta su capacidad de financiar células, adquirir armamento y mantener viva la narrativa de resistencia.
En este contexto, la firma de un documento en El Cairo o en Washington no garantiza el fin de la violencia: las órdenes pueden seguir emanando desde fuera, mientras la población en Gaza se convierte en rehén de un futuro tutelado por actores internacionales.
La trampa de la verificación
El punto débil del plan es la ausencia de un sistema robusto de verificación y coerción. ¿Quién comprobará que las armas entregadas por Hamás no son sustituidas por arsenales ocultos? ¿Qué sanciones inmediatas y automáticas se aplicarían ante un incumplimiento? ¿Cómo evitar que la reconstrucción se convierta en una nueva fuente de desvíos y corrupción?
Sin mecanismos de control financiero y de inteligencia, el riesgo es que Gaza se reconstruya en la superficie mientras Hamás reorganiza sus redes en la sombra.
Qué necesitaría el acuerdo para no ser papel mojado
Expertos en seguridad coinciden en que el único modo de dar validez real a un pacto así es acompañarlo de medidas concretas:
Congelamiento inmediato de activos y cuentas vinculadas a la dirigencia de Hamás en el extranjero, con cooperación de organismos financieros internacionales.
Sanciones automáticas a estados y bancos que faciliten operaciones encubiertas de la organización.
Auditorías independientes de toda ayuda humanitaria y de reconstrucción, con participación de agencias de la ONU y observadores externos.
Despliegue de una Fuerza Internacional de Estabilización con mandato real de inspección y cooperación de inteligencia con Israel.
Liberación de rehenes e intercambio de prisioneros escalonados y condicionados a verificaciones concretas de desarme.
Entre la esperanza y el espejismo
Trump ha presentado su plan como un “último tren hacia la paz”. Pero mientras los líderes de Hamás conserven su riqueza, refugio y determinación ideológica, el riesgo es que cualquier acuerdo se convierta en tregua táctica, no en paz real.
Israel se enfrenta a un dilema existencial: aceptar un pacto plagado de incertidumbres con la esperanza de recuperar a sus ciudadanos y aliviar la presión diplomática, o rechazarlo y seguir una guerra de desgaste sin horizonte claro. Gaza, por su parte, queda atrapada entre la promesa de reconstrucción y el peso de dirigentes que deciden su destino desde fuera.
La paz, en Oriente Medio, siempre ha sido más que un papel firmado. Se mide en la capacidad real de cortar flujos de dinero, armas e ideología. Mientras eso no ocurra, el plan de Trump, como tantos anteriores, corre el riesgo de ser un espejismo diplomático más en el desierto de la historia.